EL TACTO


 

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Qué tactamos:

Los cuerpos pueden desprender radiaciones, vibraciones, efluvios de moléculas e incluso de porciones sensibles de ser gustadas. Pero no desprender nada que nos informe de su forma, textura, peso, presión, calor, viscosidad.

Tactar es percibir las propiedades superficiales del objeto en su totalidad. Y someterlo a la experiencia de nuestros receptores más sensibles al tacto, en especial las mucosas y las yemas dactilares.

Ésa es la razón que los cuerpos con gran superficie respecto a su volumen (generalmente rugosos y texturados) son muy táctiles y agradables al sentido, mientras que aquellos que poseen superficies lisas y escasas son poco táctiles y desagradables.

Los líquidos tienen un tacto singular, pues carecen propiamente de superficies. Para percibir un líquido podemos ingerirlo o sumergirnos en él, y transmite texturas de extremada sutileza sensorial. Ingerir un simple vaso de agua, transparente, insípido y sin olor es, desde el punto de vista sensorial, una experiencia básicamente táctil: acariciar el agua. El tacto es un sentido difuso, sin emisiones ni sensaciones básicas y reglables.

El vino induce una amplia gama de sensaciones táctiles a nuestras mucosas bucales:

• Sensaciones mecánicas: Indican la textura del vino.
• Sensaciones térmicas: Son un índice de la temperatura del vino.
• Sensaciones pseudotérmicas: Debidas a la presencia de alcohol que produce quemazón y ardor.
• Sensaciones físicas: Crean una impresión de sequedad, rugosidad y aspereza.
 
 

Con qué tactamos:

El tacto es el único de nuestros sentidos cuyo órgano no se encuentra situado en el interior de la cabeza y que no utiliza un nervio correspondiente para transmitir directamente al cerebro la información transformada en impulsos.

Existen miles de células nerviosas, situadas bajo la superficie de la piel, capaces de responder a los estímulos táctiles.

Dichas células son sensibles al tacto, al dolor, al calor, al frío y a la presión.

Aunque no podemos hablar de auténticos órganos del tacto, el cuerpo humano presenta dos puntos con una especial sensibilidad al tacto: los labios y las manos.

El tacto es un sentido poco preciso y escasamente evolucionado, pero lleno de matices en cuanto a las sensaciones a percibir.

Suplimos la pobre percepción de nuestro sentido del tacto con aportaciones de otras percepciones más intelectualizadas, como las sensaciones espaciales, geométricas y mecánicas.

Por ello, apreciar sensaciones táctiles tiene algo de contradictorio y requiere un cierto recogimiento y concentración.

 

Qué sentimos al tactar:

El tacto es un sentido que nos envuelve, como nos envuelve el epitelio que hace las funciones de órgano sensible.

Es un sentido de contundencias, de rotundidades, que nos acerca el mundo a flor de piel. Que nos permite no sólo tocar, sino palpar, rozar, acariciar. La sensaciones táctiles son estimulantes, imprescindibles para nuestro equilibrio emocional. Buscamos, desde nuestra irrupción en la vida, una mesura del mundo a través del tacto. El calor, el frío, la suavidad son sensaciones imprescindibles para comprender nuestra existencia.

Tal vez por ello, la experiencia táctil frente a los fluidos en general y al vino en particular, sea un experiencia culminante y emotiva a la vez, llena de matices entrañables, como si se tratara de descubrir de nuevo las texturas y los límites de la vida.

 

Vinos fluidos, astringentes, térmicos, suaves se transforman en objetos de nuestro análisis y en esa etapa, superadas radiaciones, vibraciones y efluvios, sólo el fluir del líquido en nuestra boca parece darnos la justa medida del vino.

 

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