EL OÍDO


 

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Qué oímos:

Las vibraciones de un cuerpo inmerso en un fluido y, de forma característica, en el aire, se transmiten a las moléculas del medio, que difunden la perturbación creada mediante ondas longitudinales o pequeñas compresiones periódicas del fluido.

El sonido no existe en el vacío. Sólo podemos recibir sonidos generados en la atmósfera de nuestro planeta.

Intensidad:

La intensidad de un sonido es la energía que transporta. Es, junto al tono, una de las magnitudes que caracterizan el sonido.

El tono:

Percibimos las frecuencias del sonido de forma diferenciada. Los sonidos de mayor frecuencia se perciben con sensaciones más agudas, mientras que son más graves los de frecuencia menor.

El timbre:

Un cuerpo, al producir sonido, vibra en varias frecuencias. Las distintas intensidades de esas frecuencias forman un conjunto característico que reconocemos como timbre. Sólo los diapasones vibran con una sola frecuencia.

Una copa vacía, correctamente diseñada y fabricada, es un diapasón tridimensional y, por ello, extremadamente sensible al sonido. La frecuencia con que vibra y el timbre varían según la cantidad de líquido que contiene.

Gritos y susurros:

Puesto que estamos inmersos en el flujo aéreo, estamos sometidos a cuantos sonidos se generan a nuestro alrededor, y a un rumor de fondo, producto de innumerables focos de sonidos de baja intensidad, como el de los organismos vivos o el de los líquidos en movimiento.

 

Con qué oímos:

El oído es el sentido (y el órgano) mediante el cual percibimos los sonidos.

Cuando los sonidos llegan a la parte externa del órgano, el pabellón auricular los recoge y encamina hacia el oído medio donde actúan sobre una membrana llamada tímpano que, a su vez, mueve una cadena de pequeños huesos especializados.

El cerebro procesa todas las señales recibidas y compara el flujo recibido con sonidos escuchados previamente, que están archivados en nuestra memoria.

El hombre es capaz de identificar sonidos ya escuchados y educar al oído, al igual que otros sentidos, como el olfato.

 

Qué sentimos al oír:

Los sonidos nos informan de características del mundo que nos rodea imposibles de ser captadas por otros sentidos.

Generan emociones complejas e indelebles en nuestro ánimo. No sólo la música y los sonidos intensos, que nos sobrecogen, influyen en nosotros. Rumores y susurros son gamas de sonidos de baja intensidad y frecuencia, indisolublemente asociados a los procesos vitales. El sonido nos sugiere e informa del movimiento, desde el tictac de un reloj al fluir de un río.

El escanciado del vino, el leve rumor de su agitación en la copa, el susurro de las burbujas que estallan en la superficie de un espumoso, son sensaciones de las que apenas somos conscientes, pero que nos modelan el ánimo y preparan el resto de nuestros sentidos para el análisis. La extrema sensibilidad de nuestro oído y su influencia en nuestra percepción global permite afirmar que: Es posible una cata «a oscuras», pero difícilmente una cata «en silencio».

En la cata, por tanto, los sonidos son indicios que agudizan nuestra percepción. Por esa razón no se ha generado un lenguaje complejo y rico a su alrededor que nos permita expresar las sensaciones sonoras de nuestras experiencias. La música, que es la más alta expresión intelectual del sonido, se ha encargado de ello con creces.

 

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